Hay sólo una cosa que lo pone a Pablo más nervioso que saber que uno va a estar sentado frente a frente con una mujer: Esperarla. Pablo llevaba apenas unos minutos sentado en una mesa estratégicamente ubicada en el centro del café Noseé y revolvía inquieto los sobres de azúcar que había en la mesa. Tratando en vano de calmarse, miraba hacia cada una de las cuatro esquinas calculando por la gente que iba saliendo de las bocas del subte de que lado había venido el último tren: Poca gente, de Virreyes. Mucha gente, del centro. Dejó el celular sobre la mesa, no sin antes chequear la hora, si tenía señal, si tenía batería, si no lo había dejado con el volumen bajo y sentir justo después un frío en la espalda al ver por fin a Silvina, abrigada con un sacón y una bufanda, cubierta su cabeza con una boina bajando de un 135.
–¿Hace mucho que estás? Disculpame... el tránsito... vos sabés. –Se saludaron con un beso que les permitía el anonimato del café.
–Un rato... el 126 vino en el aire. –Mentira, si hubiera venido en el aire, lo hubiera tirado a Estaban por una escotilla.
El mozo se paró para tomarles la orden.
–¿Un capuchino? –Recuerdos de Silvina, qué café le gusta.
–No, mejor un… No, está bien, un capuchino.
–Un capuchino y una lágrima para mí. –Silvina también sabía que Pablo iba a pedir una lágrima.
–¿Algo más? –preguntó el mozo.
–No por ahora.
–Muy bien.
–Corté con mi novio ayer.
–¿Novio? Vos dijiste “relación abierta”
–Es cierto... sin compromisos
–¿Te cansaste de los compromisos?
–Un poco... Toda esa cosa de... no sé...
–Te cagaron. Te cagaron y por eso decis eso.
–¿Que querés decir con que me cagaron?
–Que estabas totalmente enamorada y de repente te dijeron basta o, te metieron los cuernos con otra. U otro… como decía Fontanarrosa, vivimos en una época muy contemporánea...
–Soy un libro abierto... A mi psicólogo lograr que yo dijera eso le tomó bastante más tiempo que a vos... Vos deberías ser mi…
–¿Tu psicólogo? –Pablo se rió
–Claro... ¿Y vos? ¿En qué andás? Te estuve llamando varias veces ayer a la tarde y no estabas.
–Escuché tu mensaje ¿No te fuiste a un asado? –Pero Pablo se había dado cuenta que habían existido más llamados durante su visita al parque Saavedra con el perro que sólo ataca cuando se lo ordenamos, Mónica y su la amiga que había dejado al novio porque se había dejado mirar.
–Sí, pero después de comer se pusieron a jugar a las cartas y...
–Y te aburriste. –Dios bendiga el tutte cabrero, pensó Pablo.
–Sí, un poco. Y no conocía mucho a la gente y me puse a pensar en vos.
–Y te aburriste.
–¿Pensando en vos? –Velocidad mental. Pablo adoraba eso en ella.
–No, quiero decir que te aburriste ahí, cuando se pusieron a jugar a las cartas –Pablo escucho lo de “me puse a pensar en vos” pero se guardó para él que casi no había podido dormir la noche anterior– Yo también me aburrí ayer a la tarde.
–Pero no estabas en tu casa
–Bueno, uno se puede aburrir en cualquier lado, o sentirse solo aunque esté rodeado de gente.
–Si...
–Ayer yo tuve una cita a ciegas.
–Me estás jodiendo... ¿Vos, Pablo? ¿Y? ¿Pasó algo?
–Nada.
–Sos un romántico... Hacer una cita a ciegas.
–¿Te parece romántico?
–Sí, claro. ¿A vos no?
–Me parece en todo caso pasado de moda.
–Claro... pero vos sos un poco pasado de moda.
–Eso me dolió, aunque quizás tengas razón. Mejor dicho, aunque tengas razón, duele.
–¿Y dónde la conociste?
–Internet... no sé como serían las citas a ciegas antes de internet... ¿Viste que no soy tan pasado de moda?
–Pero no pasó nada.
–No. ¿por? Voy a pensar que estás celosa...
–¿Celosa? No, ¿sos loco?
–No loco no, te conozco. Vos pensás que todos tus ex tienen que seguir enamorados de vos. Me lo dijiste.
–¿Yo dije eso?
–Sí, el sábado.
–Sos un memorioso.
–Lo dijiste para recordármelo... Yo ya lo sabía y lo venía experimentando desde la primera vez que cortamos.
–¿Y a dónde nos conduce este café? –preguntó Silvina después de examinarlo a Pablo que se había quedado en silencio jugando con un sobre de azúcar.
–Mirá… Si nosotros fuéramos los personajes de una película, el director ya sabría que es lo que nos pasaría.
–Pero no veo cámaras.
–No, pero igual hay tres finales posibles.
–El final feliz y el final triste. ¿Cuál sería el tercero?
–El final abierto en donde el espectador decide camino a su casa el final.
–Sí, es cierto… un final europeo.
–Pero vos sabés que las películas a las que le va mejor siempre son las que no tienen final feliz.
–Si, ¿no? ¿Por qué será?
–No sé. A la gente le gustará ver como le mal a otra gente.
–No siempre es así. “When Harry meet Rally” termina bien.
–Si, pero la pasan mal durante casi toda la película.
–“Love actually” termina bien…
–Trabaja Hugh Grant, no cuenta.
–¿Qué tiene que ver?
–Chick flicks.
–¿Y eso es malo?
–Un poco sí… A los lindos siempre les va bien. El lindo se queda con la chica. Fijate Cyrano de Bergerac. Aun muerto Christian, Roxane lo sigue amando.
–Pero cuando Cyrano le hace entender que él era el de las cartas, ella se da cuenta de todo.
–Se da cuenta de todo, pero Cyrano muere también.
–Bueno, pero ella le dice que lo ama… Muere contento.
–Eso esta muy bien para el Sargento Cabral, Silvina, pero el pobre de Cyrano no la llega siquiera a besar a Roxana. O la otra estúpida de Julieta, tomando porquerías y confiando en un cura para que le avise a Romeo de su plan. ¿En qué cabeza cabe que haga eso?
–Y claro, Romeo lo mata Paris, después se mata él y después se mata ella cuando se despierta de la siesta y todo el teatro llora a moco tendido. Tenés razón.
–¿Ves? Termina pésimo. Fijate “Ghost”. Muere él. En “Love Story”. Muere ella, no acaban de pasar los títulos que ya se murió.
–“Moulin Rouge”, un calco.
–La mayoría de las veces el final con más taquilla es el no feliz. Nadie seguiría viendo “Casablanca”, o leyendo “El amor en los tiempos del cólera” si no fuera así. Rick toma un atajo para llegar a su destino.
–Florentino toma el camino largo y se queda esperando a que el destino llegue.
–El destino siempre llega. Se va escribiendo delante de nosotros en forma improvisada y sin que nos demos cuenta. Estamos acá porque nos vimos el sábado, pero en verdad estamos acá porque entregamos dos exámenes en blanco.
–Y por Paula.
–Y por Paula, entre otras si. Y por Federico entre otros, llegado el caso. Son los caminos que nos sentaron hoy acá.
–El largo y sinuoso camino, como dijera Sir Paul
–¿A quién le gustan acaso los caminos directos?
–Te duermen y aburren. –Dijo Silvina.
Se quedaron por un momento calados hasta que Pablo sacó un billete de veinte y lo puso debajo del pinche con el ticket. Se paró, tomó su campera e invitó a Silvina a salir del Noseé. Ya en la calle, ella le iba a preguntar otra vez a dónde irían y Pablo, ya con la campera de corderoy negro puesta cerrada con el cierre subido hasta el cuello y con la tranquilidad del arco libre la iba a mirar; y sabía que ella lo iba a mirar a él mirándole los rulos que se le escapaban de la boina y que cuando ella se acurrucara en su hombro después de haberla besado le diría, mientras la seguia abrazando, que las vidas son como caminos en los que uno cree que puede manejar y girar, caminos que uno de equivocarse puede volver atrás pero no, porque no hay forma de volver atrás y aunque se vuelva a pasar por un mismo lugar, ni el lugar ni uno son los mismos como no se puede cruzar dos veces el mismo río y que en la esquina donde estaban se juntaban dos caminos: el de ella y el de él y que cruzando salía un camino que por supuesto no se ve aunque esté ahí delante y que por supuesto no se sabe hacia dónde va pero que le gustaría conocerlo. Y ahí Pablo se quedaría callado, esperando que ella moviera un poco la cabeza sin dejar de estar apoyada en su hombro lo suficiente para mirarlo con sus ojos asomando por la visera de la boina y le dijera de cruzar.
martes, 23 de febrero de 2010
jueves, 18 de febrero de 2010
20. Hola ¿Pablo?
Pablo volvió a su casa mascullando algo de bronca y algo de resignación. Maldecía a Mónica, a su perro y a su amiga bajoneada al punto que había decidido tomar partido por el ex novio, aunque obviamente no lo conocía.
La amiga de Mónica se había despachado con que ella estaba segura que su novio la engañaba por la forma en que una amiga lo había mirado en una fiesta en la que habían estado hacía unos días. La idea se le había puesto en la cabeza de tal manera que lo enfrentó –después de que el pobre tipo le insistiera para que le dijera que le pasaba– y ella le dijo, muy suelta de cuerpo que sabía que él la engañaba y que ella lo había visto.
Fue la única intervención de Pablo en toda la tarde, o una de las pocas que tuvo.
–¿Y cómo es eso que vos lo viste?
–Claro… yo los ví.
–¿Qué viste?
–Nada, ví como ella lo miraba a él.
–Bueno, pero que ella lo mirara a tu novio...
–Ex novio…
–Ex novio, está bien. Pero que ella lo mirara a tu ex novio no significa que él te haya engañado.
–Sí, él se dejaba mirar.
–¿Cómo? ¿Cómo hace uno para no dejarse mirar? Explicame…
–Sí. Sí a él no le importaba que lo miraran así es porque quería que lo mirara.
–O sea que porque vos viste que una chica lo miraba de una manera que a vos te molestó concluiste que él te engañaba.
–Claro.
–Es una locura.
–Vos por que no viste lo que yo ví. Si te hubiera pasado a vos entenderías.
–Mirá a mí, las veces que me cornearon, me cornearon en serio.
–¿Y a vos te parece que esto no es serio?
–No… es todo subjetivo. Básicamente, te pusiste celosa. Pero no significa que te haya engañado. ¿O acaso nunca te engañaron de verdad?
–Eso fue de verdad.
–No, no fue. Yo digo cuernos como para colgar la ropa. Esto que contás ni se acerca a eso.
–Bueno, para mi, sí. Y después, como a las dos semanas él me terminó confesando que un tiempo antes de que empezáramos a salir, había tenido una historia con esa chica.
–¿Habían salido?
–No sé. Según lo que me dijo, estuvieron histeriqueando.
–Pero no pasó nada y se quedó con vos.
–Se quedo conmigo, sí. Bueno, empezamos a salir...
–Pero con ella no salio.
–No, pero al parecer se quedó con las ganas. Al menos con el pensamiento, ese día me di cuenta que me estaba engañando.
–Pero vos decís que él nada con la mina esta... que sólo viste que ella lo miraba...
–Lo miraba para levantárselo y no le importaba que yo estuviera ahí. No me respetó.
–Y por eso, cortaron.
–Sí. Por eso cortamos.
–Me parece un poco exagerado.
Pablo entró a su casa. Se había comprado al pasar una pizza chica que se dispuso a comer en el patio acompañado por una cerveza escuchando Duke, de Genesis. El teléfono sonó al final de Heathaze.
–¿Hola, Pablo?
–Hola. ¿Cómo estás? –Silvina. Al fin.
–Bien... dejando pasar el domingo. ¿Vos?
–Igual... Esperando que termine el domingo.
–¿Te pasa algo?
–Hace algunos años tuvimos esta misma conversación que estamos por tener ahora.
–¿A qué te referís?
–Hacía mucho que no nos veíamos y vos me llamaste.
–Sí, me acuerdo. –Pablo no se acordaba en ese momento muchos detalles. Ya tendría tiempo de recordarlos esa noche.
–¿Cortáste con tu novio?
–No es mi novio…
–Ya sé. Relación abierta, según me dijiste ayer.
–Mirá Pablo, necesito verte.
–¿Ahora?
–No… ¿Mañana?
–Bueno… Yo salgo del trabajo a las cinco… ¿Conocés el café Noseé?
–No. ¿Dónde queda?
–Directorio y José María Moreno. Digamos, cinco y media, ¿llegás?
–Llego, sí.
–¿Te pasa algo?
Y ahí sin más, ella disparó.
–Me quedé pensando mucho en vos anoche –Tenía razón el taxista– y ¿Sabés qué? Extraño lo que fuimos. Extraño que nos extrañemos. Hoy pensaba y se me ocurrió pensar mi vida como un rompecabezas al que le faltan algunas piezas y me doy cuenta que vos sos una de piezas faltantes y te necesito. Sonará egoísta quizás que te lo diga así: quiero necesitarte.
–A las cinco. –Se habían quedado callados los dos.
–Sí.
La amiga de Mónica se había despachado con que ella estaba segura que su novio la engañaba por la forma en que una amiga lo había mirado en una fiesta en la que habían estado hacía unos días. La idea se le había puesto en la cabeza de tal manera que lo enfrentó –después de que el pobre tipo le insistiera para que le dijera que le pasaba– y ella le dijo, muy suelta de cuerpo que sabía que él la engañaba y que ella lo había visto.
Fue la única intervención de Pablo en toda la tarde, o una de las pocas que tuvo.
–¿Y cómo es eso que vos lo viste?
–Claro… yo los ví.
–¿Qué viste?
–Nada, ví como ella lo miraba a él.
–Bueno, pero que ella lo mirara a tu novio...
–Ex novio…
–Ex novio, está bien. Pero que ella lo mirara a tu ex novio no significa que él te haya engañado.
–Sí, él se dejaba mirar.
–¿Cómo? ¿Cómo hace uno para no dejarse mirar? Explicame…
–Sí. Sí a él no le importaba que lo miraran así es porque quería que lo mirara.
–O sea que porque vos viste que una chica lo miraba de una manera que a vos te molestó concluiste que él te engañaba.
–Claro.
–Es una locura.
–Vos por que no viste lo que yo ví. Si te hubiera pasado a vos entenderías.
–Mirá a mí, las veces que me cornearon, me cornearon en serio.
–¿Y a vos te parece que esto no es serio?
–No… es todo subjetivo. Básicamente, te pusiste celosa. Pero no significa que te haya engañado. ¿O acaso nunca te engañaron de verdad?
–Eso fue de verdad.
–No, no fue. Yo digo cuernos como para colgar la ropa. Esto que contás ni se acerca a eso.
–Bueno, para mi, sí. Y después, como a las dos semanas él me terminó confesando que un tiempo antes de que empezáramos a salir, había tenido una historia con esa chica.
–¿Habían salido?
–No sé. Según lo que me dijo, estuvieron histeriqueando.
–Pero no pasó nada y se quedó con vos.
–Se quedo conmigo, sí. Bueno, empezamos a salir...
–Pero con ella no salio.
–No, pero al parecer se quedó con las ganas. Al menos con el pensamiento, ese día me di cuenta que me estaba engañando.
–Pero vos decís que él nada con la mina esta... que sólo viste que ella lo miraba...
–Lo miraba para levantárselo y no le importaba que yo estuviera ahí. No me respetó.
–Y por eso, cortaron.
–Sí. Por eso cortamos.
–Me parece un poco exagerado.
Pablo entró a su casa. Se había comprado al pasar una pizza chica que se dispuso a comer en el patio acompañado por una cerveza escuchando Duke, de Genesis. El teléfono sonó al final de Heathaze.
–¿Hola, Pablo?
–Hola. ¿Cómo estás? –Silvina. Al fin.
–Bien... dejando pasar el domingo. ¿Vos?
–Igual... Esperando que termine el domingo.
–¿Te pasa algo?
–Hace algunos años tuvimos esta misma conversación que estamos por tener ahora.
–¿A qué te referís?
–Hacía mucho que no nos veíamos y vos me llamaste.
–Sí, me acuerdo. –Pablo no se acordaba en ese momento muchos detalles. Ya tendría tiempo de recordarlos esa noche.
–¿Cortáste con tu novio?
–No es mi novio…
–Ya sé. Relación abierta, según me dijiste ayer.
–Mirá Pablo, necesito verte.
–¿Ahora?
–No… ¿Mañana?
–Bueno… Yo salgo del trabajo a las cinco… ¿Conocés el café Noseé?
–No. ¿Dónde queda?
–Directorio y José María Moreno. Digamos, cinco y media, ¿llegás?
–Llego, sí.
–¿Te pasa algo?
Y ahí sin más, ella disparó.
–Me quedé pensando mucho en vos anoche –Tenía razón el taxista– y ¿Sabés qué? Extraño lo que fuimos. Extraño que nos extrañemos. Hoy pensaba y se me ocurrió pensar mi vida como un rompecabezas al que le faltan algunas piezas y me doy cuenta que vos sos una de piezas faltantes y te necesito. Sonará egoísta quizás que te lo diga así: quiero necesitarte.
–A las cinco. –Se habían quedado callados los dos.
–Sí.
domingo, 7 de febrero de 2010
19. Mónica a ciegas.
Dos colectivos sin siquiera salir de la ciudad y todavía tengo que caminar cuatro cuadras para llegar hasta la casa. Si llega a pasar algo con esta mina voy a gastar una fortuna en colectivo… A ver… es de la vereda de enfrente… tiene que ser ahí. No está mal la casa… vamos a ver como está su moradora.
Pablo tocó el portero eléctrico del chalet.
–¿Si?
–¿Hola?
–Si, ¿quién es?
–Si, soy Pablo, ¿está Mónica?
–Un momentito.
Sintió como colgaron el auricular del portero y esperó unos cinco minutos en la puerta sin que nadie le volviera a hablar.
¿Qué carajos hago acá? ¿Cuándo se me pasó por la cabeza que podría llegar a algo con esta mina? Me estoy muriendo de frío, voy a tardar un siglo para volver a casa y no voy a lograr más que un “Bueno, hablamos”
Empezó a pensar en volver a tocar el portero cuando por fin se abrió la puerta. La sorpresa fue grande cuando vio salir a una mujer, con un vestido de mucama salido de película de los 40, flanqueada por el doberman con más cara de hijo de puta que había visto en su vida. Evidentemente, no le iba nada mal a la familia de Mónica.
La mucama bajó la escalera, le abrió la puerta y lo hizo pasar. El perro lo miraba con ganas de comerlo hasta que la mujer le dijo una palabra que sonó a sargento de la gestapo y el perro cambió de actitud. No se tiró panza arriba pidiendo mimos, pero por lo menos escondió los dientes.
–No se haga problema, no ataca si no se lo pedimos.
–Ah, bueno… me quedo más tranquilo –mentira, Pablo sumaba a los nervios por conocer a Mónica, los nervios por evitar que el perro le saltara encima.
La mucama lo hizo pasar a un recibidor donde le dijo que tomara asiento, que “la señorita Mónica me pidió que le dijera que en un momentito baja”.
Pablo se sentó en un sillón mientras repasaba mentalmente cual era el contenido exacto de su billetera. Estaba clarísimo que por mucho que lograra seducir a “la señorita Mónica” a través de los mensajes de correo electrónico, a esa altura del mes no podría invitarla más que a tomar un helado o a una pizzería. Tendría que hacer algo más a la altura de una chica que tiene casa con mucama de uniforme de la gestapo y perro amaestrado para atacar sólo si se lo pedimos.
Miró un poco alrededor. Sobre una mesita pequeña que rodeaba una lámpara de pésimo gusto y seguramente altísimo valor, encontró un portarretrato con la foto de tres chicas. Como lamentablemente para Pablo no tenían un cartel o ninguna indicación que dijera como se llamaba cada una, no pudo más que comenzar a imaginar cual de las tres sería Mónica. No estaba mal, puesto que hasta ese momento no tenía siquiera idea de cómo podría ser ella. Del total de mujeres posibles, la duda ahora se reducía sólo a tres. Pablo empezó a tratar de deducir mirando de reojo la fotografía. Iba a quedar muy mal si la primera imagen que tenía de él “la señorita Mónica” era relojeando esa foto. De cualquier forma, la tardanza era notoria… Evidentemente la chica era cultora de la idea de que las mujeres deben hacerse esperar. Hacía más de diez minutos que estaba sentado en el recibidor, mirando de reojo la foto acompañado por el perro que ya había entrado en confianza y se le había trepado para lamerlo un par de veces. La única frase que sabía Pablo en alemán era Sie wünschen? Was darf es sein? y podía provocar que el perro le pidiera que fuera su alimento. De todas formas, si tenía algún tipo de éxito con Mónica le iba a venir bien tener una buena relación con el perro. Guardaba una triste experiencia durante el tiempo que había estado de novio con Paula –en realidad, todo lo que se relacionaba con Paula era una mala experiencia– cuyo perro era un castigo: Desde ladridos furiosos y los reiterados intentos por morderlo apenas llegaba a la casa a la inolvidable noche en la que estaban haciendo el amor con Paula y el podrido perro se metió en la habitación, empezó a ladrar y solo se calló cuando masticó el calzoncillo de Pablo que había quedado en el suelo al comienzo del encuentro amoroso. A la distancia tenia mucha gracia, a pesar de Paula. Hasta trató de ser optimista e imaginar al perro de Mónica contentándose con su calzoncillo desgarrado colgando del hocico, lo cual era mucho mejor que él mismo ser el desgarrado colgando del hocico.
Finalmente Mónica apareció. Ese ínfimo instante que transcurrió hasta que se dieron un beso en la mejilla a modo de presentación, se estudiaron mutuamente. De las tres de la foto, no era la más linda pero era sin dudas una chica bonita. Bajó vestida con un equipo bastante deportivo: Calzas, una remera, zapatillas y un buzo atado a la cintura. El viejo recurso al que apelan las mujeres que ya tienen un juicio de valor sobre su culo y no permiten que cualquier mortal tenga la posibilidad de mirárselos para tener otra impresión. Y era notorio que no le importaba la opinión de Pablo al respecto.
Pablo todavía no sabía que iban a hacer esa tarde, pero Mónica ya tenía todo planificado. Demasiado planificado. Era evidente que la chica no quería correr muchos riesgos. En seguida le comentó que el día anterior, una amiga le había pedido un rato de compañía porque estaba medio bajoneada por haber cortado con el novio y que–pin–que–pan–que–pun. A Pablo ya no le gustaba nada de la situación. Estaba tan claro que no iba a pasar nada que decidió quedarse sólo por inercia y quizás para ver que tan buena estaba la amiga bajoneada ya que cada vez tenía menos esperanzas de que pasara algo con Mónica.
Irían un rato hasta el Parque Saavedra en el auto de Mónica. No hubiera estado mal si el plan no hubiera incluido no sólo a la amiga bajoneada –quien a Pablo le pareció bastante fea– sino también al simpático del perro, los cuatro en un Fiat 147. Él atrás, con el perro que le pedía mimos en la panza a cambio de no mostrarle los dientes.
Una vez más el pensamiento de Pablo era qué estaba haciendo ahí, paseando por el Parque Saavedra un perro que con ganas se lo comería, con dos mujeres que hablaban más entre ellas que con él, con un frío terrible que se le metía por las botamangas de los pantalones y sobretodo, con la cabeza puesta en tratar de volver a tiempo a la casa para estar en el momento que llamara Silvina. Definitivamente, no era la mejor de las citas a ciegas que hubiera podido tener.
Pablo tocó el portero eléctrico del chalet.
–¿Si?
–¿Hola?
–Si, ¿quién es?
–Si, soy Pablo, ¿está Mónica?
–Un momentito.
Sintió como colgaron el auricular del portero y esperó unos cinco minutos en la puerta sin que nadie le volviera a hablar.
¿Qué carajos hago acá? ¿Cuándo se me pasó por la cabeza que podría llegar a algo con esta mina? Me estoy muriendo de frío, voy a tardar un siglo para volver a casa y no voy a lograr más que un “Bueno, hablamos”
Empezó a pensar en volver a tocar el portero cuando por fin se abrió la puerta. La sorpresa fue grande cuando vio salir a una mujer, con un vestido de mucama salido de película de los 40, flanqueada por el doberman con más cara de hijo de puta que había visto en su vida. Evidentemente, no le iba nada mal a la familia de Mónica.
La mucama bajó la escalera, le abrió la puerta y lo hizo pasar. El perro lo miraba con ganas de comerlo hasta que la mujer le dijo una palabra que sonó a sargento de la gestapo y el perro cambió de actitud. No se tiró panza arriba pidiendo mimos, pero por lo menos escondió los dientes.
–No se haga problema, no ataca si no se lo pedimos.
–Ah, bueno… me quedo más tranquilo –mentira, Pablo sumaba a los nervios por conocer a Mónica, los nervios por evitar que el perro le saltara encima.
La mucama lo hizo pasar a un recibidor donde le dijo que tomara asiento, que “la señorita Mónica me pidió que le dijera que en un momentito baja”.
Pablo se sentó en un sillón mientras repasaba mentalmente cual era el contenido exacto de su billetera. Estaba clarísimo que por mucho que lograra seducir a “la señorita Mónica” a través de los mensajes de correo electrónico, a esa altura del mes no podría invitarla más que a tomar un helado o a una pizzería. Tendría que hacer algo más a la altura de una chica que tiene casa con mucama de uniforme de la gestapo y perro amaestrado para atacar sólo si se lo pedimos.
Miró un poco alrededor. Sobre una mesita pequeña que rodeaba una lámpara de pésimo gusto y seguramente altísimo valor, encontró un portarretrato con la foto de tres chicas. Como lamentablemente para Pablo no tenían un cartel o ninguna indicación que dijera como se llamaba cada una, no pudo más que comenzar a imaginar cual de las tres sería Mónica. No estaba mal, puesto que hasta ese momento no tenía siquiera idea de cómo podría ser ella. Del total de mujeres posibles, la duda ahora se reducía sólo a tres. Pablo empezó a tratar de deducir mirando de reojo la fotografía. Iba a quedar muy mal si la primera imagen que tenía de él “la señorita Mónica” era relojeando esa foto. De cualquier forma, la tardanza era notoria… Evidentemente la chica era cultora de la idea de que las mujeres deben hacerse esperar. Hacía más de diez minutos que estaba sentado en el recibidor, mirando de reojo la foto acompañado por el perro que ya había entrado en confianza y se le había trepado para lamerlo un par de veces. La única frase que sabía Pablo en alemán era Sie wünschen? Was darf es sein? y podía provocar que el perro le pidiera que fuera su alimento. De todas formas, si tenía algún tipo de éxito con Mónica le iba a venir bien tener una buena relación con el perro. Guardaba una triste experiencia durante el tiempo que había estado de novio con Paula –en realidad, todo lo que se relacionaba con Paula era una mala experiencia– cuyo perro era un castigo: Desde ladridos furiosos y los reiterados intentos por morderlo apenas llegaba a la casa a la inolvidable noche en la que estaban haciendo el amor con Paula y el podrido perro se metió en la habitación, empezó a ladrar y solo se calló cuando masticó el calzoncillo de Pablo que había quedado en el suelo al comienzo del encuentro amoroso. A la distancia tenia mucha gracia, a pesar de Paula. Hasta trató de ser optimista e imaginar al perro de Mónica contentándose con su calzoncillo desgarrado colgando del hocico, lo cual era mucho mejor que él mismo ser el desgarrado colgando del hocico.
Finalmente Mónica apareció. Ese ínfimo instante que transcurrió hasta que se dieron un beso en la mejilla a modo de presentación, se estudiaron mutuamente. De las tres de la foto, no era la más linda pero era sin dudas una chica bonita. Bajó vestida con un equipo bastante deportivo: Calzas, una remera, zapatillas y un buzo atado a la cintura. El viejo recurso al que apelan las mujeres que ya tienen un juicio de valor sobre su culo y no permiten que cualquier mortal tenga la posibilidad de mirárselos para tener otra impresión. Y era notorio que no le importaba la opinión de Pablo al respecto.
Pablo todavía no sabía que iban a hacer esa tarde, pero Mónica ya tenía todo planificado. Demasiado planificado. Era evidente que la chica no quería correr muchos riesgos. En seguida le comentó que el día anterior, una amiga le había pedido un rato de compañía porque estaba medio bajoneada por haber cortado con el novio y que–pin–que–pan–que–pun. A Pablo ya no le gustaba nada de la situación. Estaba tan claro que no iba a pasar nada que decidió quedarse sólo por inercia y quizás para ver que tan buena estaba la amiga bajoneada ya que cada vez tenía menos esperanzas de que pasara algo con Mónica.
Irían un rato hasta el Parque Saavedra en el auto de Mónica. No hubiera estado mal si el plan no hubiera incluido no sólo a la amiga bajoneada –quien a Pablo le pareció bastante fea– sino también al simpático del perro, los cuatro en un Fiat 147. Él atrás, con el perro que le pedía mimos en la panza a cambio de no mostrarle los dientes.
Una vez más el pensamiento de Pablo era qué estaba haciendo ahí, paseando por el Parque Saavedra un perro que con ganas se lo comería, con dos mujeres que hablaban más entre ellas que con él, con un frío terrible que se le metía por las botamangas de los pantalones y sobretodo, con la cabeza puesta en tratar de volver a tiempo a la casa para estar en el momento que llamara Silvina. Definitivamente, no era la mejor de las citas a ciegas que hubiera podido tener.
miércoles, 3 de febrero de 2010
18. Domingo
New York tiene algo así como 15000 taxis. Buenos Aires, tiene casi 40000. Resignado y para atemperar el frío de la mañana había empezado a caminar por Donato Álvarez hacia Gaona mientras maldecía al frió, a Silvina, a Federico, a Germán y a los 40000 choferes de los taxis que no aparecían por ningún lado.
Recién a la altura de Páez un techo amarillo se divisó a lo lejos, más allá de Avellaneda. Bajó a la calle y mientras se preparaba para extender la mano pudo ver que el taxi venía ocupado.
Llegó hasta la esquina de Neuquén, la última parada donde podía tomar el 44 o el 76. Cualquiera de los dos lo acercaban hasta Chacarita. Ya había perdido la esperanza de que pasara algún taxi.
Había algunas personas, lo que marcaba que hacía ya bastante que no pasaba ningún colectivo. Entre ellas había dos muchachos, uno marcadamente gay y otro marcadamente idiota junto a una chica que aparentemente era pareja del idiota.
Eran las ocho menos cuarto de la mañana. El más idiota tomaba cerveza mientras hablaban a pata ancha como para que los pocos que estaban en la parada se enteraran que el otro era gay, de cómo lo habían dejado plantado, un muchacho lindo, rubio –según él dijo– y parecido a Axl Rose.
El idiota se fue atrás del cartel de publicidad de la parada y empezó a orinar. La botella de Isembeck quedó por un rato sola en el piso. Los otros dos semi–horrorizados, aunque festejando la idea de la meada, se adelantaron hasta el poste indicador y se alejaron un poco.
En el silencio de una mañana de domingo, Pablo pudo escuchar como el chorro de meo golpeaba contra el piso y fluía hacia el cordón, aunque –por más que lo deseaba– no llegó a tocar a la botella.
Cuando finalmente el idiota terminó de mear, se acercó a sus compañeros de parada y comenzó a perseguir a la chica para frotarle las manos por la cara primero, por la ropa después. No pudo en la cara, si pudo en la ropa. Un galán, sin duda ya que a pesar de todo, ahora estaban besándose con furia.
“Este hijo de puta se limpia las manos en la ropa después de mear y se la transa… yo no entiendo más nada… No es justo” pensó Pablo.
–Seguimos derecho, hasta Avenida San Martín. Ahí a la izquierda y derecho hasta Nazca y por Nazca hasta Griveo.
Pablo tenía la costumbre –la manía– de asegurarse de dar todo el recorrido a realizar al subirse al taxi, así fuera a dar una vuelta manzana. El eterno miedo a ser paseado.
En el semáforo de Gaona, Pablo notó que el chofer lo miraba por el espejo y le adivinó las intenciones de preguntar alguna cosa y darle charla. Lo que le faltaba para rematar la jornada era un chofer aburrido por manejar durante toda la noche. No tardó mucho en preguntar. Llegaron callados hasta a la esquina de Juan B. Justo y Donato Álvarez donde los detuvo el semáforo.
Pablo cometió el error de bostezar y eso le dio el pie necesario que estaba esperando el chofer para empezar a hablar.
–Cansado ¿no?
Pablo apenas soltó un “sí” sin mucha fuerza.
–¿Vas a trabajar o venís de joda?
Mal que le pesara, Pablo necesitaba alguien con quien hablar y refugiarse en el anonimato que brindaba un desconocido aun cuando se tratara de un taxista aburrido no estaba tan mal. Al fin de cuentas, verla a Silvina durante toda la noche junto a Federico le había devuelto una sensación amarga, mezcla de celos, de bronca y de envidia. No era una opinión objetiva, pero esa noche para el, Silvina brillaba entre toda las otras mujeres que había en casa de Germán aunque claro, no se había permitido mirar con mucho detenimiento a las demás.
–Del cumpleaños de la novia de un amigo.
–¿Y? ¿Qué tal estuvo?
–Depende... Estuvo bueno hasta que llego una mina con la que tuve más de una historia.
–¡Epa! –dijo el chofer mirando siempre por el espejo –Por la cara que tenés y por como lo decís, todavía te hace la croqueta, ¿no?
Croqueta... hijo de puta. ¿De dónde había salido? Pablo busco en su diccionario de palabras fuera de uso mentalmente antes de contestar. –Sí... la verdad que sí.
–Y bueno macho, encarala –como si no lo hubiese hecho de no sido por Federico
–Estaba con un flaco.
–Ah…entiendo: Te primerearon... –sentenció
–No... Nada que ver. Lo nuestro fue hace tiempo ya.
–Pero... te dejo mal verla con el otro ¿no?
–Aja.
El silencio apenas duro unas cuadras hasta que se llegaron a otro semáforo. El chofer, se dio vuelta tomándose del asiento del acompañante dijo por fin una frase iluminada:
–¿Y ella como se estará sintiendo ahora?
No se atrevía a pensar en eso. Quizás porque le chocaba el hecho de admitir que acaso en ese mismo momento, Silvina y Federico podrían en plena sesión sexual o durmiendo haciendo cucharita en la cama de una plaza –no sabia muy bien porque, pero la cama se la imaginaba de una plaza– y en cualquiera de los casos, lo mismo daba... también podría ser que Federico la estuviera llevando hasta la casa –Federico seguramente tenía auto– o ya habrían llegado y se estarían besando en ese mismo auto que Pablo imaginaba.
–No sé que estará haciendo y no quiero darme manija. –Falso, puesto que Pablo adoraba hacerse un poco mal.
–Y llamala, total... si hace mucho que se conocen no le va a parecer raro que la llames después de haberla visto.
–No sé si da para llamarla…
–¿Vos tenés novia, estás con alguien ahora?
¿Mónica, a quién recién conocería esa misma tarde, como qué calificaba? ¿Le tendría que explicar a su psicólogo conductor de Mónica y la salida que tenían programada? Mejor ocultar ese dato.
–No, pero qué tiene que ver. Ella sí.
–¿Te volviste celoso acaso? Llamala, pibe. Si ella quiere que pase algo, va a pasar. Si no, olvidate. ¿Qué? ¿Te voy a decir una novedad si te digo que las minas son las que eligen? Todos los esfuerzos que un tipo pueda hacer para ganarse una mujer van a tener resultados siempre y cuando la mina quiera que pase algo sino, bang bang, estás liquidado. Y que no tengas la desgracia que alguna te ponga el cartelito de desesperado, porque todas las demás lo ven desde lejos y estás hasta las manos y no la ponés más. Vos llamala, ella va a saber que hacer.
Finalmente llego a su casa. Sus padres habían viajado Santa Fe a un casamiento al que se arrepentía en ese momento de no haber ido. Por lo menos iba a poder dormir sin tener que levantarse para almorzar. Prendió el televisor y buscó el canal en donde transmitían desde Bélgica la carrera de Formula 1. Schumacher iba adelante y faltaban muy pocas vueltas por lo que la victoria del alemán estaba casi asegurada, pero se le iban cerrando los ojos y no llevo a ver el final. Estaba completamente agotado y con un poco de mareo producido por la cantidad de cerveza que había tomado, no para olvidarla sino para que al menos le dolieran menos las preguntas de Germán, la presencia de Federico, y el pinchazo que sentía cada vez que se sentía observado por Silvina.
Se despertó sobresaltado por el teléfono a la una de la tarde, sabiendo que seguramente eran sus padres que le iban a contar que todo había estado muy rico, que la habían pasado bárbaro, que una tía que no recordaba tener le mandaba muchos saludos y que todos habían preguntado toda la noche por él, por lo que dejo que el contestador hiciera lo suyo. Apagó el televisor, que había quedado prendido y ahora mostraba las imágenes de un torneo de golf y trato de volver a dormirse.
Durmió una hora más. Cuando volvió a sonar el teléfono estaba en el baño leyendo Rayuela por enésima vez, tratando que Horacio y Lucia le hicieran olvidar la noche anterior. Se duchó y se afeitó pensando en la cita que tenía con Mónica en pocas horas y fue hasta la cocina en busca de algo para comer. Encontró sobre la mesada una caja con pizza que había sido su almuerzo el día anterior y se la llevó con caja y todo a su habitación.
Como a las tres de la tarde prendió la radio para escuchar el final de Rosario Central – River y esperar el comienzo de Boca – Racing y en eso estaba cuando nuevamente sonó el teléfono. Desde Santa Fe, su madre le contaba del casamiento, de la tía y de las preguntas por su ausencia con una exactitud a la premeditada que no lo asombraba en absoluto.
Cuando se madre termino el reporte, Pablo se disculpo por no haber atendido por la mañana, y la madre le confirmó que ellos no habían llamado justamente, para no despertarlo.
Ni bien corto, revisó los mensajes del contestador. El primero era de Julio, uno de sus compañeros de trabajo, para invitarlo –casi compulsivamente– a completar un equipo de fútbol que Pablo podía adivinar rodeando a Julio mientras le dejaba el mensaje. Hubiera ido, de no ser que el llamado había sido a las diez de la mañana. El otro era de Silvina, a las once.
“Hola Pablo, soy Silvina. Me puso muy contenta verte ayer en la fiesta, aunque no hayamos tenido tiempo de hablar nada. Yo no voy a estar en todo el día hoy, nos vamos con Federico a un asado en una quinta, pero cuando vuelvo te llamo. Chau, un beso.”
Escueto, informativo y por supuesto, con la frase justa para que Pablo recordara las –ahora sabias– palabras del taxista. Después de tanto tiempo, recuperaba el exacto timbre de voz de Silvina. Le cambió el día. Se le hacía tarde para salir y aunque no podía sacarse a Silvina de la cabeza desde la noche anterior en lo de Germán o mejor dicho, desde que tenía 14 años aun así, él quería puntualmente llegar a casa de Mónica.
Recién a la altura de Páez un techo amarillo se divisó a lo lejos, más allá de Avellaneda. Bajó a la calle y mientras se preparaba para extender la mano pudo ver que el taxi venía ocupado.
Llegó hasta la esquina de Neuquén, la última parada donde podía tomar el 44 o el 76. Cualquiera de los dos lo acercaban hasta Chacarita. Ya había perdido la esperanza de que pasara algún taxi.
Había algunas personas, lo que marcaba que hacía ya bastante que no pasaba ningún colectivo. Entre ellas había dos muchachos, uno marcadamente gay y otro marcadamente idiota junto a una chica que aparentemente era pareja del idiota.
Eran las ocho menos cuarto de la mañana. El más idiota tomaba cerveza mientras hablaban a pata ancha como para que los pocos que estaban en la parada se enteraran que el otro era gay, de cómo lo habían dejado plantado, un muchacho lindo, rubio –según él dijo– y parecido a Axl Rose.
El idiota se fue atrás del cartel de publicidad de la parada y empezó a orinar. La botella de Isembeck quedó por un rato sola en el piso. Los otros dos semi–horrorizados, aunque festejando la idea de la meada, se adelantaron hasta el poste indicador y se alejaron un poco.
En el silencio de una mañana de domingo, Pablo pudo escuchar como el chorro de meo golpeaba contra el piso y fluía hacia el cordón, aunque –por más que lo deseaba– no llegó a tocar a la botella.
Cuando finalmente el idiota terminó de mear, se acercó a sus compañeros de parada y comenzó a perseguir a la chica para frotarle las manos por la cara primero, por la ropa después. No pudo en la cara, si pudo en la ropa. Un galán, sin duda ya que a pesar de todo, ahora estaban besándose con furia.
“Este hijo de puta se limpia las manos en la ropa después de mear y se la transa… yo no entiendo más nada… No es justo” pensó Pablo.
–Seguimos derecho, hasta Avenida San Martín. Ahí a la izquierda y derecho hasta Nazca y por Nazca hasta Griveo.
Pablo tenía la costumbre –la manía– de asegurarse de dar todo el recorrido a realizar al subirse al taxi, así fuera a dar una vuelta manzana. El eterno miedo a ser paseado.
En el semáforo de Gaona, Pablo notó que el chofer lo miraba por el espejo y le adivinó las intenciones de preguntar alguna cosa y darle charla. Lo que le faltaba para rematar la jornada era un chofer aburrido por manejar durante toda la noche. No tardó mucho en preguntar. Llegaron callados hasta a la esquina de Juan B. Justo y Donato Álvarez donde los detuvo el semáforo.
Pablo cometió el error de bostezar y eso le dio el pie necesario que estaba esperando el chofer para empezar a hablar.
–Cansado ¿no?
Pablo apenas soltó un “sí” sin mucha fuerza.
–¿Vas a trabajar o venís de joda?
Mal que le pesara, Pablo necesitaba alguien con quien hablar y refugiarse en el anonimato que brindaba un desconocido aun cuando se tratara de un taxista aburrido no estaba tan mal. Al fin de cuentas, verla a Silvina durante toda la noche junto a Federico le había devuelto una sensación amarga, mezcla de celos, de bronca y de envidia. No era una opinión objetiva, pero esa noche para el, Silvina brillaba entre toda las otras mujeres que había en casa de Germán aunque claro, no se había permitido mirar con mucho detenimiento a las demás.
–Del cumpleaños de la novia de un amigo.
–¿Y? ¿Qué tal estuvo?
–Depende... Estuvo bueno hasta que llego una mina con la que tuve más de una historia.
–¡Epa! –dijo el chofer mirando siempre por el espejo –Por la cara que tenés y por como lo decís, todavía te hace la croqueta, ¿no?
Croqueta... hijo de puta. ¿De dónde había salido? Pablo busco en su diccionario de palabras fuera de uso mentalmente antes de contestar. –Sí... la verdad que sí.
–Y bueno macho, encarala –como si no lo hubiese hecho de no sido por Federico
–Estaba con un flaco.
–Ah…entiendo: Te primerearon... –sentenció
–No... Nada que ver. Lo nuestro fue hace tiempo ya.
–Pero... te dejo mal verla con el otro ¿no?
–Aja.
El silencio apenas duro unas cuadras hasta que se llegaron a otro semáforo. El chofer, se dio vuelta tomándose del asiento del acompañante dijo por fin una frase iluminada:
–¿Y ella como se estará sintiendo ahora?
No se atrevía a pensar en eso. Quizás porque le chocaba el hecho de admitir que acaso en ese mismo momento, Silvina y Federico podrían en plena sesión sexual o durmiendo haciendo cucharita en la cama de una plaza –no sabia muy bien porque, pero la cama se la imaginaba de una plaza– y en cualquiera de los casos, lo mismo daba... también podría ser que Federico la estuviera llevando hasta la casa –Federico seguramente tenía auto– o ya habrían llegado y se estarían besando en ese mismo auto que Pablo imaginaba.
–No sé que estará haciendo y no quiero darme manija. –Falso, puesto que Pablo adoraba hacerse un poco mal.
–Y llamala, total... si hace mucho que se conocen no le va a parecer raro que la llames después de haberla visto.
–No sé si da para llamarla…
–¿Vos tenés novia, estás con alguien ahora?
¿Mónica, a quién recién conocería esa misma tarde, como qué calificaba? ¿Le tendría que explicar a su psicólogo conductor de Mónica y la salida que tenían programada? Mejor ocultar ese dato.
–No, pero qué tiene que ver. Ella sí.
–¿Te volviste celoso acaso? Llamala, pibe. Si ella quiere que pase algo, va a pasar. Si no, olvidate. ¿Qué? ¿Te voy a decir una novedad si te digo que las minas son las que eligen? Todos los esfuerzos que un tipo pueda hacer para ganarse una mujer van a tener resultados siempre y cuando la mina quiera que pase algo sino, bang bang, estás liquidado. Y que no tengas la desgracia que alguna te ponga el cartelito de desesperado, porque todas las demás lo ven desde lejos y estás hasta las manos y no la ponés más. Vos llamala, ella va a saber que hacer.
Finalmente llego a su casa. Sus padres habían viajado Santa Fe a un casamiento al que se arrepentía en ese momento de no haber ido. Por lo menos iba a poder dormir sin tener que levantarse para almorzar. Prendió el televisor y buscó el canal en donde transmitían desde Bélgica la carrera de Formula 1. Schumacher iba adelante y faltaban muy pocas vueltas por lo que la victoria del alemán estaba casi asegurada, pero se le iban cerrando los ojos y no llevo a ver el final. Estaba completamente agotado y con un poco de mareo producido por la cantidad de cerveza que había tomado, no para olvidarla sino para que al menos le dolieran menos las preguntas de Germán, la presencia de Federico, y el pinchazo que sentía cada vez que se sentía observado por Silvina.
Se despertó sobresaltado por el teléfono a la una de la tarde, sabiendo que seguramente eran sus padres que le iban a contar que todo había estado muy rico, que la habían pasado bárbaro, que una tía que no recordaba tener le mandaba muchos saludos y que todos habían preguntado toda la noche por él, por lo que dejo que el contestador hiciera lo suyo. Apagó el televisor, que había quedado prendido y ahora mostraba las imágenes de un torneo de golf y trato de volver a dormirse.
Durmió una hora más. Cuando volvió a sonar el teléfono estaba en el baño leyendo Rayuela por enésima vez, tratando que Horacio y Lucia le hicieran olvidar la noche anterior. Se duchó y se afeitó pensando en la cita que tenía con Mónica en pocas horas y fue hasta la cocina en busca de algo para comer. Encontró sobre la mesada una caja con pizza que había sido su almuerzo el día anterior y se la llevó con caja y todo a su habitación.
Como a las tres de la tarde prendió la radio para escuchar el final de Rosario Central – River y esperar el comienzo de Boca – Racing y en eso estaba cuando nuevamente sonó el teléfono. Desde Santa Fe, su madre le contaba del casamiento, de la tía y de las preguntas por su ausencia con una exactitud a la premeditada que no lo asombraba en absoluto.
Cuando se madre termino el reporte, Pablo se disculpo por no haber atendido por la mañana, y la madre le confirmó que ellos no habían llamado justamente, para no despertarlo.
Ni bien corto, revisó los mensajes del contestador. El primero era de Julio, uno de sus compañeros de trabajo, para invitarlo –casi compulsivamente– a completar un equipo de fútbol que Pablo podía adivinar rodeando a Julio mientras le dejaba el mensaje. Hubiera ido, de no ser que el llamado había sido a las diez de la mañana. El otro era de Silvina, a las once.
“Hola Pablo, soy Silvina. Me puso muy contenta verte ayer en la fiesta, aunque no hayamos tenido tiempo de hablar nada. Yo no voy a estar en todo el día hoy, nos vamos con Federico a un asado en una quinta, pero cuando vuelvo te llamo. Chau, un beso.”
Escueto, informativo y por supuesto, con la frase justa para que Pablo recordara las –ahora sabias– palabras del taxista. Después de tanto tiempo, recuperaba el exacto timbre de voz de Silvina. Le cambió el día. Se le hacía tarde para salir y aunque no podía sacarse a Silvina de la cabeza desde la noche anterior en lo de Germán o mejor dicho, desde que tenía 14 años aun así, él quería puntualmente llegar a casa de Mónica.
jueves, 28 de enero de 2010
17. Creciendo
La ronda en el piso se había ido formando sin que nadie se diera cuenta: los pocos que quedaban en la casa de Germán se habían ido aglutinado en el piso del living, donde una tenue y gris nube de humo de los cigarrillos parecía estar suspendida sobre ellos como el smog de la ciudad de México mientras sonaba Brothers in Arms de Dire Straits, que alguien había puesto hacia un rato. A un costado, sobre la mesa, algunos pocos sándwiches de miga se entremezclaban con restos de torta, vasos de plástico usados como improvisados ceniceros, botellas de cerveza –vacías, claro– y un plato intacto con papas fritas, chizitos y maníes que nadie había encontrado en toda la noche. Pablo había quedado sentado al lado de Germán, casi enfrente de Federico y Silvina que se levantaron y se despidieron aduciendo que al día siguiente tenían un asado.
Hijo de mil putas… en media hora te las vas a coger y voy a seguir sentado acá como para jugar al huevo podrido… –pensó Pablo.
Diego también se levantó y realizó un minucioso examen de lo que había comestible sobre la mesa. Era la hora en que empieza a dar un poco de hambre, a pesar de haber comido bien. En esos casos, encontrar algo que lo satisfaga a uno tiene carácter de hazaña. Sólo un milagro –y sería por cierto un desperdicio como milagro– podría hacer que aun quedara alguna empanada, ni que decir una feta de matambre, pero se tomaba su tiempo en escudriñar la mesa porque sabía que Mariana volvería a contar lo del sátiro de la olla en cuanto tuviera ocasión. Una especie de ritual infaltable en todas las reuniones que estaba por comenzar.
–Nos habíamos ido con unas amigas a Lobos, para Semana Santa –empezó a contar Mariana– había muchísima gente en todos lados y el único lugar donde pudimos armar la carpa fue en un camping horrible, cruzando la avenida que bordea la laguna. Empezamos a tratar de armar la carpa y no dábamos pie con bola. Por suerte vinieron unos chicos que estaban cerca y nos ayudaron.
–Imaginate, se les vino medio Lobos encima a estas boludas. Germán por lo bajo le iba haciendo acotaciones a Pablo, que era uno de los pocos que no conocía la historia que Mariana contaba una vez más.
–Eso fue casi al mediodía… teníamos un hambre bárbaro –siguió Mariana. Cuando nos terminaron de armar la carpa, los flacos se fueron. Guardamos las mochilas y nos pusimos a comer unas empanadas que habíamos llevado.
–¿Podes creer que se fueron re agrandadas creyéndose que cada una era como el rubio de Camel pero se llevaron la comida para los tres días hecha en tuppers? –A Pablo le costaba no reírse con las acotaciones de Germán.
–Nos sentamos a comer y sentíamos que nos miraban de todas las carpas...
–Claro, eran las únicas cuatro minas solas en todo el camping.
–...salvo de la carpa que estaba casi al lado de la nuestra, que eran cuatro pibes que estaban en otra…
–La carpita rosa –Le dijo casi al oído Germán a Pablo y ambos se empezaron a reír por lo bajo sin que nadie supiera muy bien por qué.
–A la tarde, nos pusimos las mallas y nos fuimos a la laguna y no volvimos al camping hasta la nochecita. Nos bañamos y nos pusimos a jugar a las cartas. Otra vez, nos miraban de todos lados. Cuando se hizo de noche, empezaron algunos fogones y nos invitaban de todos lados, y a nosotras no nos daba para dejar nuestra carpita, menos con el frío que hacía.
En uno de los fogones –y esto al otro día antes nos lo contaron los pibes de la carpa de al lado…
–Los de la carpa rosa… –agregó Germán a Pablo– Pasa que ya lo contó tantas veces que algunas cosas se las saltea porque las da por sabidas. Mariana seguía siendo el centro de la atención, lo que disfrutaba muchísimo.
–…en uno de los fogones se tomaron todo. Hasta mate de vino. ¿Saben cómo es el mate de vino? –Todos sabían… pero ella lo contaba horrorizada igual– Preparán mate, pero en vez de agua en la pava se pone vino, lo calientan y lo ceban normalmente. Te debe voltear porque estaban todos muy borrachos. La cosa es que a la noche, tipo tres o cuatro la mañana…
–A veces es a las tres, otras a las cuatro, pero debían ser las once… Querían ver el amanecer sobre la laguna y se acostaron temprano. Se le olvidó esa parte, aunque no hace a la cosa –seguía acotándole Germán a Pablo.
–…empezamos a escuchar carcajadas, gritos y un tipo que aullaba como un lobo. Era de terror estar ahí en la carpa, onda Blairwitch.
–Preparate que viene lo mejor –Le avisó Germán.
–En eso, sentimos que alguien trataba de abrirnos el cierre de la carpa y empezamos a los gritos. Nos fue abriendo el cierre despacio, como si le costara y nos gritaba cosas que no se entendían y aullaba. Era evidente que no nos iba a ir bien. Estábamos todas paralizadas y gritando. Cuando se abrió la carpa, el tipo corrió todo un triángulo de la puerta de la carpa y nosotras no atinamos a otra cosa que a iluminarlo con una linterna y ahí lo vimos bien: Un flaco, totalmente borracho, desnudo y se tapaba las bolas con una olla y gritaba: “Soy el sátiro de la olla, soy el sátiro de la olla.”
Todo el grupo se empezó a reír.
–No se rían. Fue terrible el momento. Vinieron unos tipos de ahí, del camping y se lo llevaron… tiraba patadas para todos lados… estaba sacadísimo el tipo. Por suerte no nos pasó nada… Pero al otro día nos fuimos, desarmamos la carpa y huimos. Nunca más fuimos solas de camping.
Más tarde, los temas de conversación fueron girando a cosas mucho más profundas.
–Ese que decía: “Pero bwana, la pantera rosa es tabú en este lugar”
–¡No! ¡El del pájaro cucú que no la dejaba dormir!
Quizás crecer era eso: Darse cuenta que nuestras amigas y amigos empiezan a tener relaciones cada vez más enroscadas y conflictivas con personas divorciadas, casadas y/o con hijos y, sin previo aviso, ingresar a la segunda edad de crecimiento esa en la cual a los hombres le crece la panza y a las mujeres los pechos por segunda vez cuando quedan embarazadas. Demasiada filosofía para cualquiera de los que estaban sentados en esa ronda donde el tema principal aparentemente era determinar cual es el mejor episodio de La Pantera Rosa, recordar todas y cada una de las mayores desgracias de Willy E. Coyote y cantar viejas canciones de programas infantiles de cuando eran chicos. Pablo quitó por fin las imágenes de Silvina de su mente y las reemplazó por aquellas viejas fantasías eróticas que supo tener con Flavia Palmiero cuando ella estaba en la Ola Verde y el Señor Televisor le hacía preguntas con doble sentido a la hora de la merienda.
Hijo de mil putas… en media hora te las vas a coger y voy a seguir sentado acá como para jugar al huevo podrido… –pensó Pablo.
Diego también se levantó y realizó un minucioso examen de lo que había comestible sobre la mesa. Era la hora en que empieza a dar un poco de hambre, a pesar de haber comido bien. En esos casos, encontrar algo que lo satisfaga a uno tiene carácter de hazaña. Sólo un milagro –y sería por cierto un desperdicio como milagro– podría hacer que aun quedara alguna empanada, ni que decir una feta de matambre, pero se tomaba su tiempo en escudriñar la mesa porque sabía que Mariana volvería a contar lo del sátiro de la olla en cuanto tuviera ocasión. Una especie de ritual infaltable en todas las reuniones que estaba por comenzar.
–Nos habíamos ido con unas amigas a Lobos, para Semana Santa –empezó a contar Mariana– había muchísima gente en todos lados y el único lugar donde pudimos armar la carpa fue en un camping horrible, cruzando la avenida que bordea la laguna. Empezamos a tratar de armar la carpa y no dábamos pie con bola. Por suerte vinieron unos chicos que estaban cerca y nos ayudaron.
–Imaginate, se les vino medio Lobos encima a estas boludas. Germán por lo bajo le iba haciendo acotaciones a Pablo, que era uno de los pocos que no conocía la historia que Mariana contaba una vez más.
–Eso fue casi al mediodía… teníamos un hambre bárbaro –siguió Mariana. Cuando nos terminaron de armar la carpa, los flacos se fueron. Guardamos las mochilas y nos pusimos a comer unas empanadas que habíamos llevado.
–¿Podes creer que se fueron re agrandadas creyéndose que cada una era como el rubio de Camel pero se llevaron la comida para los tres días hecha en tuppers? –A Pablo le costaba no reírse con las acotaciones de Germán.
–Nos sentamos a comer y sentíamos que nos miraban de todas las carpas...
–Claro, eran las únicas cuatro minas solas en todo el camping.
–...salvo de la carpa que estaba casi al lado de la nuestra, que eran cuatro pibes que estaban en otra…
–La carpita rosa –Le dijo casi al oído Germán a Pablo y ambos se empezaron a reír por lo bajo sin que nadie supiera muy bien por qué.
–A la tarde, nos pusimos las mallas y nos fuimos a la laguna y no volvimos al camping hasta la nochecita. Nos bañamos y nos pusimos a jugar a las cartas. Otra vez, nos miraban de todos lados. Cuando se hizo de noche, empezaron algunos fogones y nos invitaban de todos lados, y a nosotras no nos daba para dejar nuestra carpita, menos con el frío que hacía.
En uno de los fogones –y esto al otro día antes nos lo contaron los pibes de la carpa de al lado…
–Los de la carpa rosa… –agregó Germán a Pablo– Pasa que ya lo contó tantas veces que algunas cosas se las saltea porque las da por sabidas. Mariana seguía siendo el centro de la atención, lo que disfrutaba muchísimo.
–…en uno de los fogones se tomaron todo. Hasta mate de vino. ¿Saben cómo es el mate de vino? –Todos sabían… pero ella lo contaba horrorizada igual– Preparán mate, pero en vez de agua en la pava se pone vino, lo calientan y lo ceban normalmente. Te debe voltear porque estaban todos muy borrachos. La cosa es que a la noche, tipo tres o cuatro la mañana…
–A veces es a las tres, otras a las cuatro, pero debían ser las once… Querían ver el amanecer sobre la laguna y se acostaron temprano. Se le olvidó esa parte, aunque no hace a la cosa –seguía acotándole Germán a Pablo.
–…empezamos a escuchar carcajadas, gritos y un tipo que aullaba como un lobo. Era de terror estar ahí en la carpa, onda Blairwitch.
–Preparate que viene lo mejor –Le avisó Germán.
–En eso, sentimos que alguien trataba de abrirnos el cierre de la carpa y empezamos a los gritos. Nos fue abriendo el cierre despacio, como si le costara y nos gritaba cosas que no se entendían y aullaba. Era evidente que no nos iba a ir bien. Estábamos todas paralizadas y gritando. Cuando se abrió la carpa, el tipo corrió todo un triángulo de la puerta de la carpa y nosotras no atinamos a otra cosa que a iluminarlo con una linterna y ahí lo vimos bien: Un flaco, totalmente borracho, desnudo y se tapaba las bolas con una olla y gritaba: “Soy el sátiro de la olla, soy el sátiro de la olla.”
Todo el grupo se empezó a reír.
–No se rían. Fue terrible el momento. Vinieron unos tipos de ahí, del camping y se lo llevaron… tiraba patadas para todos lados… estaba sacadísimo el tipo. Por suerte no nos pasó nada… Pero al otro día nos fuimos, desarmamos la carpa y huimos. Nunca más fuimos solas de camping.
Más tarde, los temas de conversación fueron girando a cosas mucho más profundas.
–Ese que decía: “Pero bwana, la pantera rosa es tabú en este lugar”
–¡No! ¡El del pájaro cucú que no la dejaba dormir!
Quizás crecer era eso: Darse cuenta que nuestras amigas y amigos empiezan a tener relaciones cada vez más enroscadas y conflictivas con personas divorciadas, casadas y/o con hijos y, sin previo aviso, ingresar a la segunda edad de crecimiento esa en la cual a los hombres le crece la panza y a las mujeres los pechos por segunda vez cuando quedan embarazadas. Demasiada filosofía para cualquiera de los que estaban sentados en esa ronda donde el tema principal aparentemente era determinar cual es el mejor episodio de La Pantera Rosa, recordar todas y cada una de las mayores desgracias de Willy E. Coyote y cantar viejas canciones de programas infantiles de cuando eran chicos. Pablo quitó por fin las imágenes de Silvina de su mente y las reemplazó por aquellas viejas fantasías eróticas que supo tener con Flavia Palmiero cuando ella estaba en la Ola Verde y el Señor Televisor le hacía preguntas con doble sentido a la hora de la merienda.
domingo, 24 de enero de 2010
16. El otro plan de Pablo (3)
–¿Y qué vas a hacer sino? El hombre moderno es así.
–Si es por eso, yo soy todo un prototipo de ese hombre moderno… vivo rodeado de modernidad. Mirá, en mi habitación, porque vivo con mis padres todavía porque no me da el cuero para más, que es un cuarto de cuatro por tres y tengo seis controles remotos: Uno para el televisor, uno para la video, otro para el aire acondicionado, otro para el equipo de música, otro para el DVD y uno para la sintonizadora de la computadora. ¿Sabés lo que es terrible? Que estando a dos pasos de las cosas, tardo más buscando el control para cambiar de canal que yendo hasta donde está la tele, por ejemplo. ¿Eso es la modernidad? No… dejame de joder. –Pablo se daba cuenta de que tanta elocuencia, tantas palabras seguidas con sentido sólo podían ser el resultado de saber que Silvina estaba cerca o bien de haber tomado cuatro chops casi al hilo. En cualquiera de los casos, era lo que pensaba. Hizo una pausa y continuó con su manifiesto en contra de la sociedad de consumo, lamentándose que no iba a recordar mucho de lo que estaba diciendo algunas horas más tarde.
–No Gustavo, vivir en un loft, mirar películas en DVD, cambiar el auto todos los años, tener acceso a internet, ir a cines muy paquetes, de pantalla un poco más grande que un televisor donde tienen equipos de sonidos que te permiten escuchar con perfecto detalle desde donde viene el ruido del pelotudo que está comiendo pochocho tres filas más atrás, eso no es ser moderno. En todo caso como te vas adaptando a los cambios. Pero no son más que cambios de hábitos. Terminás siendo casi un cliché.
–Bueno, pero Gustavo tomó los estereotipos de confort y los adaptó a su mundo. Visto de esa forma, él no es más que una parte del asunto, como vos con todos tus controles remotos. –Germán fue concluyente.
A todo esto, Gustavo miraba callado. Definitivamente, si su loft era un estereotipo, un cliché o una muestra de la decadencia de la individualidad del ser humano contemporáneo, le resultaba una discusión estéril. Él realmente estaba feliz con sus lámparas de hierro patinado, sus luces de colores y su hidromasaje.
–¡Seguro! –resaltó Pablo– Pero no tiene por qué ser así, ni debería ser así Germán. Fijate Gustavo, hace su propia versión de eso que nos tratan de hacer entender por romanticismo moderno.
–¿Pero vos que haces? Te levantás una mina y… y… –empezó Gustavo dando pie para que los demás completaran la frase que caía de maduro y que servía para fortalecer su postura.
–Y te la terminás llevando a un telo. –Concluyó Diego que también había estado callado mirando como Germán y Pablo debatían.
–¡Y dale! ¿Saben que en el resto del mundo no existen los albergues transitorios tal como los tenemos nosotros? Son un invento argentino, como el dulce de leche, los colectivos y la birome. –Pablo recurrió al viejo dato una vez más.
–¿Y cómo hacen en Polonia, por decir un país cualquiera? –se preguntó en voz alta Diego.
–¡Qué se yo! Ahora vuelvo. –Pablo volvió a entrar para servirse más cerveza. Disimuladamente, ubicó a Silvina hablando con otra chica sin darse cuenta que era Federico, el del beso con Silvina, quién le estaba llenando amablemente el chop. Le dio las gracias y volvió al patio.
–Los polacos no cogen. –Sentenció Germán. Por eso cayó el comunismo. Por la falta de telos.
–Totalmente... Por eso, como les decía, si ustedes quieren ir a un telo, vayan. Pero insisto, es cualquier cosa menos romántico. ¡Salud! –Pablo levantó el chop y los demás lo imitaron.
–Che, nos contó Diego que tuviste una historia con la flaca que trabaja en la veterinaria con Fer. ¿Si? –Atacó Germán.
–Si… pero bueno, dejémoslo ahí. No tengo ganas de andar revolviendo… ¿vieron? Es muy largo, fue hace mucho… hasta anda con otro…
–¡Ah! Te pico, ¿eh? No… fue hace mucho –Gustavo se burlaba– no quiero andar revolviendo…
–¿Hace mucho que anda con ese flaco? –Por supuesto que le había picado.
–Mirá, el mes pasado ¿te acordás que fui a una fiesta de los compañeros de la Facu de Fer? ¿Qué el Tano me prestó el traje porque fue en un salón? Bueno, el vago se la levantó ahí. –Informó minucioso Germán.
–Ah, hace poquito. Mirá vos. –Pablo empezaba a asimilar la información.
–Si. Un mes, un mes y pico. Es bastante pelotudo, por cosas que me ha contado Fernanda. Es veterinario.
–¿Ven? Ahí tienen una clase de romanticismo: “este gatito está enfermito, me ayudás a curarlo” –bromeó Diego.
–Qué los parió.
–El pajarito no me canta –la siguió Gustavo.
–Que guachos. No se si mandarlos a la mierda o cagarme de risa.
–Cagate de risa Pablo, no te calentés. Total… ¿O todavía…? –Diego se dio cuenta que tenía que parar de preguntar tanto.
–No le contestes que voy a buscar otra cerveza. –Dijo Germán
–No le voy a contestar… voy al baño, ya me bajé cinco chops y están haciendo efecto. Quizás cuando pase los diez les cuente –Dijo Pablo y se fue siguiendo a Germán.
Sus amigos lo decían como si fuese fácil para Pablo no sentirse molesto. Ahora en el baño, mientras orinaba largísimo producto de tanta cerveza, Pablo pensaba en todas las novedades del día y empezaba a imaginar el momento en que Silvina le presentara a Federico y –por sobre todas las cosas– en cómo lo iba a presentar a él. “Pablo, un amigo”, “Pablo, un ex novio”, “Pablo, un viejo amigo”, solamente “Pablo”. Qué frase, de qué forma. Se ubicó a sí mismo en la situación de ser él quién tuviera que presentar a Silvina y no podía imaginárselo. “No debe ser fácil para ella tampoco, sino ya me hubiera buscado en el patio”. Se lavó las manos, se acomodó el pelo y se quedó mirando su cara reflejada en el espejo. “Pasaron siete años viejo… Siete años” Suspiró. “No la veo hace siete años, me dice hola y me desarma… ¿Cómo carajo hace?” Afuera empezaban a cantarle el feliz cumpleaños a Fernanda. “Bueno, salgo ahora que están apagadas las luces”.
La vela de la torta se volvía a prender después de que Fernanda la soplara y la apagara. “Vela de mierda. Qué ironía tan sutil… hasta se burla de mi una vela”. Fernanda se cansó. Se mojó los dedos y apretó el pabilo.
El ritual de la torta había desarmado la caótica distribución de los distintos grupos de gente que se habían formado. Pablo se sintió indefenso lejos de Germán, Diego y Gustavo. Sabía que de un momento a otro, Silvina iba a venir con Federico “relación abierta” a presentárselo.
Alguien le pasó una porción de torta. “Ya está. Ahora estoy completo, me falta el bonete” –pensó. “Siete años que no la veo, anda con un flaco y por más pelotudo que me digan que es, yo la mejor imagen que puedo ofrecer es estar parado comiendo una torta rellena de crema y duraznos con una mano y sosteniendo un chop por la mitad en la otra”.
Empezaba a disfrutar la escena que sin querer estaba dando cuando Silvina apareció para presentarle a su Federico. “Si serás turra… ¿Estabas esperando que me humillara un poco más para venir?” pensó Pablo mientras se saludaban.
–¿Dónde te habías metido?
–Estaba afuera, hablando con Germán y… –Silvina no lo dejó seguir.
–Él es Federico.
–Pablo, qué tal.
Tanto pensar en como se las iba a arreglar para presentarlo a él ante su amante veterinario y de repente, Federico era sólo Federico. No era ni amigo, ni novio, ni amante… era sólo Federico. La falta de status de la presentación lo confortó y mientras seguían hablando de nada, Pablo hacía sus deducciones más disparatadas, las que sin duda, no le iban a servir de nada, ya que todas terminaban abruptamente cuando venía a su mente la imagen de la llegada de Federico a la fiesta, hacía algo así como dos horas.
–Si es por eso, yo soy todo un prototipo de ese hombre moderno… vivo rodeado de modernidad. Mirá, en mi habitación, porque vivo con mis padres todavía porque no me da el cuero para más, que es un cuarto de cuatro por tres y tengo seis controles remotos: Uno para el televisor, uno para la video, otro para el aire acondicionado, otro para el equipo de música, otro para el DVD y uno para la sintonizadora de la computadora. ¿Sabés lo que es terrible? Que estando a dos pasos de las cosas, tardo más buscando el control para cambiar de canal que yendo hasta donde está la tele, por ejemplo. ¿Eso es la modernidad? No… dejame de joder. –Pablo se daba cuenta de que tanta elocuencia, tantas palabras seguidas con sentido sólo podían ser el resultado de saber que Silvina estaba cerca o bien de haber tomado cuatro chops casi al hilo. En cualquiera de los casos, era lo que pensaba. Hizo una pausa y continuó con su manifiesto en contra de la sociedad de consumo, lamentándose que no iba a recordar mucho de lo que estaba diciendo algunas horas más tarde.
–No Gustavo, vivir en un loft, mirar películas en DVD, cambiar el auto todos los años, tener acceso a internet, ir a cines muy paquetes, de pantalla un poco más grande que un televisor donde tienen equipos de sonidos que te permiten escuchar con perfecto detalle desde donde viene el ruido del pelotudo que está comiendo pochocho tres filas más atrás, eso no es ser moderno. En todo caso como te vas adaptando a los cambios. Pero no son más que cambios de hábitos. Terminás siendo casi un cliché.
–Bueno, pero Gustavo tomó los estereotipos de confort y los adaptó a su mundo. Visto de esa forma, él no es más que una parte del asunto, como vos con todos tus controles remotos. –Germán fue concluyente.
A todo esto, Gustavo miraba callado. Definitivamente, si su loft era un estereotipo, un cliché o una muestra de la decadencia de la individualidad del ser humano contemporáneo, le resultaba una discusión estéril. Él realmente estaba feliz con sus lámparas de hierro patinado, sus luces de colores y su hidromasaje.
–¡Seguro! –resaltó Pablo– Pero no tiene por qué ser así, ni debería ser así Germán. Fijate Gustavo, hace su propia versión de eso que nos tratan de hacer entender por romanticismo moderno.
–¿Pero vos que haces? Te levantás una mina y… y… –empezó Gustavo dando pie para que los demás completaran la frase que caía de maduro y que servía para fortalecer su postura.
–Y te la terminás llevando a un telo. –Concluyó Diego que también había estado callado mirando como Germán y Pablo debatían.
–¡Y dale! ¿Saben que en el resto del mundo no existen los albergues transitorios tal como los tenemos nosotros? Son un invento argentino, como el dulce de leche, los colectivos y la birome. –Pablo recurrió al viejo dato una vez más.
–¿Y cómo hacen en Polonia, por decir un país cualquiera? –se preguntó en voz alta Diego.
–¡Qué se yo! Ahora vuelvo. –Pablo volvió a entrar para servirse más cerveza. Disimuladamente, ubicó a Silvina hablando con otra chica sin darse cuenta que era Federico, el del beso con Silvina, quién le estaba llenando amablemente el chop. Le dio las gracias y volvió al patio.
–Los polacos no cogen. –Sentenció Germán. Por eso cayó el comunismo. Por la falta de telos.
–Totalmente... Por eso, como les decía, si ustedes quieren ir a un telo, vayan. Pero insisto, es cualquier cosa menos romántico. ¡Salud! –Pablo levantó el chop y los demás lo imitaron.
–Che, nos contó Diego que tuviste una historia con la flaca que trabaja en la veterinaria con Fer. ¿Si? –Atacó Germán.
–Si… pero bueno, dejémoslo ahí. No tengo ganas de andar revolviendo… ¿vieron? Es muy largo, fue hace mucho… hasta anda con otro…
–¡Ah! Te pico, ¿eh? No… fue hace mucho –Gustavo se burlaba– no quiero andar revolviendo…
–¿Hace mucho que anda con ese flaco? –Por supuesto que le había picado.
–Mirá, el mes pasado ¿te acordás que fui a una fiesta de los compañeros de la Facu de Fer? ¿Qué el Tano me prestó el traje porque fue en un salón? Bueno, el vago se la levantó ahí. –Informó minucioso Germán.
–Ah, hace poquito. Mirá vos. –Pablo empezaba a asimilar la información.
–Si. Un mes, un mes y pico. Es bastante pelotudo, por cosas que me ha contado Fernanda. Es veterinario.
–¿Ven? Ahí tienen una clase de romanticismo: “este gatito está enfermito, me ayudás a curarlo” –bromeó Diego.
–Qué los parió.
–El pajarito no me canta –la siguió Gustavo.
–Que guachos. No se si mandarlos a la mierda o cagarme de risa.
–Cagate de risa Pablo, no te calentés. Total… ¿O todavía…? –Diego se dio cuenta que tenía que parar de preguntar tanto.
–No le contestes que voy a buscar otra cerveza. –Dijo Germán
–No le voy a contestar… voy al baño, ya me bajé cinco chops y están haciendo efecto. Quizás cuando pase los diez les cuente –Dijo Pablo y se fue siguiendo a Germán.
Sus amigos lo decían como si fuese fácil para Pablo no sentirse molesto. Ahora en el baño, mientras orinaba largísimo producto de tanta cerveza, Pablo pensaba en todas las novedades del día y empezaba a imaginar el momento en que Silvina le presentara a Federico y –por sobre todas las cosas– en cómo lo iba a presentar a él. “Pablo, un amigo”, “Pablo, un ex novio”, “Pablo, un viejo amigo”, solamente “Pablo”. Qué frase, de qué forma. Se ubicó a sí mismo en la situación de ser él quién tuviera que presentar a Silvina y no podía imaginárselo. “No debe ser fácil para ella tampoco, sino ya me hubiera buscado en el patio”. Se lavó las manos, se acomodó el pelo y se quedó mirando su cara reflejada en el espejo. “Pasaron siete años viejo… Siete años” Suspiró. “No la veo hace siete años, me dice hola y me desarma… ¿Cómo carajo hace?” Afuera empezaban a cantarle el feliz cumpleaños a Fernanda. “Bueno, salgo ahora que están apagadas las luces”.
La vela de la torta se volvía a prender después de que Fernanda la soplara y la apagara. “Vela de mierda. Qué ironía tan sutil… hasta se burla de mi una vela”. Fernanda se cansó. Se mojó los dedos y apretó el pabilo.
El ritual de la torta había desarmado la caótica distribución de los distintos grupos de gente que se habían formado. Pablo se sintió indefenso lejos de Germán, Diego y Gustavo. Sabía que de un momento a otro, Silvina iba a venir con Federico “relación abierta” a presentárselo.
Alguien le pasó una porción de torta. “Ya está. Ahora estoy completo, me falta el bonete” –pensó. “Siete años que no la veo, anda con un flaco y por más pelotudo que me digan que es, yo la mejor imagen que puedo ofrecer es estar parado comiendo una torta rellena de crema y duraznos con una mano y sosteniendo un chop por la mitad en la otra”.
Empezaba a disfrutar la escena que sin querer estaba dando cuando Silvina apareció para presentarle a su Federico. “Si serás turra… ¿Estabas esperando que me humillara un poco más para venir?” pensó Pablo mientras se saludaban.
–¿Dónde te habías metido?
–Estaba afuera, hablando con Germán y… –Silvina no lo dejó seguir.
–Él es Federico.
–Pablo, qué tal.
Tanto pensar en como se las iba a arreglar para presentarlo a él ante su amante veterinario y de repente, Federico era sólo Federico. No era ni amigo, ni novio, ni amante… era sólo Federico. La falta de status de la presentación lo confortó y mientras seguían hablando de nada, Pablo hacía sus deducciones más disparatadas, las que sin duda, no le iban a servir de nada, ya que todas terminaban abruptamente cuando venía a su mente la imagen de la llegada de Federico a la fiesta, hacía algo así como dos horas.
lunes, 18 de enero de 2010
15. El otro plan de pablo (2)
–Che… ¿Y vos cómo la conoces a Fernanda? –le preguntó Silvina a un Pablo que aun no terminaba de asimilar la situación.
–Soy amigo de Germán. Lo conocí en un campamento, hace algunos años. Había ido con unos amigos a Mar de Ajó un fin de semana y él estaba en el mismo camping con otro grupo en una carpa al lado de la nuestra. Nos juntamos una noche en un fogón que estábamos haciendo nosotros y bueno, después salimos un par de veces acá todos juntos… nos fuimos haciendo amigos… ¿Y vos?
–Trabajo con Fernanda en una veterinaria.
–Ah, mirá vos… ¿Y hace mucho que trabajás ahí?
–Un año y algo… a ver… si, algo así. ¿Vos? ¿Seguís en la misma empresa? ¿Terminaste la facultad?
–Sí. Me recibí, me tiraron harina, mostaza y huevo como corresponde y todo. En lo laboral de Genco me fui hace unos meses… Bueno, me echaron; a mi y a otros diez más. Un día nos dijeron “muchas gracias muchachos, pasen por ventanilla” y a la mierda. Al menos nos indemnizaron. Conseguí en otro lado por medio de un conocido de mi viejo. Sigo trabajando en una oficina… hago más o menos lo mismo pero me pagan más o menos la mitad.
–¿Seguís viviendo con tus viejos?
–Momentáneamente. Compré un departamento con lo que cobre de la indemnización más una guita que tenia ahorrada pero estoy terminando de arreglarle algunas cosas, pero bueno, viene lento… las obras siempre vienen lentas. ¿Vos?
–¿Yo? Estoy viviendo con mi vieja… Estuve viviendo en pareja dos veces. Un poco más de un año la última vez y con el anterior un tiempo… no tanto.
–Y cada vez que cortás, volvés a la casita de los viejos, como el tango.
–Si, algo así. Qué se yo. Vivir en pareja parece ser un catalizador para mí… Cada vez que me mudo con alguien, no duro mucho más que un año. Supongo que debo ser jodida… Los otros días me enteré que uno de mis ex novios, no el último ex, sino el anterior, se casó al poco tiempo que cortó conmigo y me dio un poco bronca, qué se yo… –Pablo la miró entre sorprendido y confundido.
–No, no es que todavía me haga la cabeza… Supongo que mi problema es pretender que todos mis ex sigan eternamente enamorados de mí y nunca más miren a nadie. Será de narcisista o de egocéntrica, no me importa. Igual, me cansé de los compromisos.
Sonó el timbre. Alguien abrió y Silvina se excusó para ir a saludar al recién llegado. Pablo se descubrió siguiéndola con la mirada como cuando tenían 15 años. Frunció un poco el ceño y apretó los dientes, mientras en su mano derecha colgaba inerte un chop con un poco de cerveza, al ver a Silvina besarse con el fulano sin siquiera haberle dado tiempo a sacarse la campera. “Hija de puta” –pensó– “Y encima me dice todo eso de que piensa que todos sus ex tienen que seguir atrás de ella, jodida forma de hacérmelo sentir”. Se quedó estático, mirando para lastimarse un poco más. “Ahora en un rato va a venir a presentármelo y voy a tener que poner mi mejor cara de pelotudo” Sin darse cuenta, estaba por volcar la cerveza.
–Che, vas a volcar el vaso de cerveza. Eso es pecado. –Le dijo Diego, que se le paró al lado y miraba hacia la puerta intentando adivinar que era lo que tan fijamente miraba Pablo.
–¿Eh? Uh, si… no me di cuenta –Pablo salió del trance. El beso había terminado y Silvina finalmente le daba tiempo al fulano de sacarse la campera.
–¿La conocés a la flaca? –Pablo se sonrió.
–La mierda que la conozco…–Pablo seguía a Silvina con la vista.
–¿De dónde, che? –Preguntó Diego que debía estar muy aburrido para querer tantos detalles.
–Historia antigua –dijo Pablo para abreviar.
–Está fuerte… ¿Saliste con ella? –Era evidente que sí, pero Diego quería saber todo.
–Aja… pero, en fin…
“Pero, en fin…” era Pablo mirando para otro lado y sirviéndose un triple de jamón y tomate haciendo un esfuerzo por disimular. Llenó otra vez el chop y salió al patio con Diego, encarando para donde estaban hablando Germán y Gustavo. Hacía meses que Gustavo no hacía otra cosa que hablar de “su guarida”, un galpón en Villa Urquiza al que estaba acondicionando para irse a vivir.
–Si todo sale bien, en un par de semanas lo termino de pintar y empiezo a llevar las cosas –decía Gustavo– me está quedando de primera. Conseguí unas lámparas colgantes con unos armazones de hierro que están bárbaras.
–¿De dónde las sacaste? –preguntó Germán.
–En el Tigre, en el puerto de frutos.
–Ah, si… ahí venden todo ese tipo de cosas, así medio rústicas –dijo Diego para engancharse en la conversación.
–Lindo bulo te va a quedar –agregó Germán. Después alguna noche me lo vas a tener que prestar, acordate que te ayudé a pintar.
–¿Para qué lo querés? –le preguntó Diego.
–Bueno, para que te parece… yo soy un hombre, Fernanda es mujer y las parejas que se quieren hacen…–Germán ponía la voz como Marcos Mudstock en “La gallina dijo Eureka”
–Si boludo, eso ya me lo explicó mi viejo a los 10 años salame, pero yo me te preguntaba para que si ya vivís con ella, pueden coger cuando quieran –Diego se hacía el ofendido.
–Para joder, que se yo. Si lo va a dejar tipo telo por lo que cuenta…
–Aja –intervino Gustavo y comenzó a detallar las comodidades– Hidromasaje, luces de colores, música funcional, tele y video con decodificador de cable liberado, aire acondicionado… va a quedar bárbaro.
–¿Ven? Va a ser un telo. Desde estamos que vivimos juntos, no vamos a un telo ni en pedo. –Casi había nostalgia en lo que decía Germán.
–Por eso, ni falta que te hace –agregó categórico Diego.
–Ah, para recordar viejos tiempos –bromeó Gustavo.
–Qué se yo, un poco de romanticismo… –dijo Germán.
–¿Romanticismo en un telo? –se metió Pablo que odiaba los albergues transitorios– ¿Un telo? ¡Dejate de joder! Al telo vas básicamente a coger o de trampa. ¿Qué mierda tiene de romántico un lugar donde en medio del –Pablo hizo un gesto muy claro con las manos– te suena el teléfono para avisarte que se acabó el turno y tenés que vestirte y salir corriendo? Prendés la tele y hay un terrible gato con cara de atorranta hace un pete mirando a la cámara… No jodamos, el romanticismo no está en un telo.
–Bueno, pero a las minas les gusta ir –sentenció Germán– el hidromasaje les debe hacer cosquillas en el clítoris… yo que sé.
–Y yo no estoy diciendo que no les guste ir, yo voy al hecho puntual del romanticismo. Que esta sociedad nos venda que ir a un telo es romántico y que lo compremos. A eso me refiero.
–La santísima trinidad: encuentro en una plaza, cine y cena. No me ha fallado nunca. –Dejó caer categórico Diego.
–Seguro que vos sos de los que todavía regala flores –infirió Gustavo.
–No, no… –siguió Diego– No regalo flores desde 1991. ¿Regalaron flores ustedes alguna vez? Es una tortura. Yo cometí el acto demencial –porque fue demencial– de comprar flores ese 21 de septiembre en Coronel Diaz y Santa Fé. Un ramo gigante. Claro, le hubiera podido regalar un fitito con lo que pagué. ¿Alguna vez llevaron un ramo de flores? No debe haber cosa más incómoda de llevar que un ramo de flores. Te pinchas, no ves por donde caminás, no sabés si llevarlo con las flores para arriba, con las flores para abajo… Todo el mundo te mira en la calle como si llevaras a Bochini en canzoncillos en andas… Para colmo de males, la desgraciada va y me sale con que le regalaba las flores porque me sentía culpable por algo. ¡No loca! Era 21 de septiembre... ¿Qué te iba a regalar, un pullover?
–O un tamagochi –Germán se lo tomó para la joda.
–Un perfume… los perfumes no fallan.
–Hay una lista de regalos posibles, y otra más larga aun de regalos imposibles –dijo Gustavo.
–Me gustó lo de los regalos imposibles –dijo Germán interesado en la idea lo que le dio pié a Gustavo para explayarse.
–Claro… Hay cosas que están prohibidas o contraindicadas como regalos para novias. Debería venir indicado en la caja, como pasa con los juguetes: Para novias de 1 a 3 meses, novias de 3 a 6 meses, de 9 a 12, de 1 año a 3 y de 4 a 6 y de 7 en adelante. A una novia de 3 a 6 meses no le podes regalar los cuentos completos de Poe traducidos por Cortazar. No, no. Está en la etapa de un dvd de alguna película de Hugh Grant. Alguna que pueda ver con amigas que todavía no conocés del todo y que van a jugarte a favor cuando les diga que vos se la regalaste la película que están por ver, cosa que no pasaría con los libros de Poe.
–Tiene razón Gustavo… y eso será así hasta que alguien filme Four Weddings and a Premature Burial –dijo Pablo, aunque nadie entendió la sutileza.
–Hay que estar en todos los detalles. Ir anotando mentalmente cada vez que estás con una mujer: miró tal cosa en tal lado, dijo tal cosa sobre aquello.
–Decime Gustavo… ¿y los regalos que dicen "Baterias no incluidas" para que clase de novias son según tu tablita? –preguntó Diego riéndose.
–4 a 6 en adelante. Aunque a veces falla, depende de uno también.
–Soy amigo de Germán. Lo conocí en un campamento, hace algunos años. Había ido con unos amigos a Mar de Ajó un fin de semana y él estaba en el mismo camping con otro grupo en una carpa al lado de la nuestra. Nos juntamos una noche en un fogón que estábamos haciendo nosotros y bueno, después salimos un par de veces acá todos juntos… nos fuimos haciendo amigos… ¿Y vos?
–Trabajo con Fernanda en una veterinaria.
–Ah, mirá vos… ¿Y hace mucho que trabajás ahí?
–Un año y algo… a ver… si, algo así. ¿Vos? ¿Seguís en la misma empresa? ¿Terminaste la facultad?
–Sí. Me recibí, me tiraron harina, mostaza y huevo como corresponde y todo. En lo laboral de Genco me fui hace unos meses… Bueno, me echaron; a mi y a otros diez más. Un día nos dijeron “muchas gracias muchachos, pasen por ventanilla” y a la mierda. Al menos nos indemnizaron. Conseguí en otro lado por medio de un conocido de mi viejo. Sigo trabajando en una oficina… hago más o menos lo mismo pero me pagan más o menos la mitad.
–¿Seguís viviendo con tus viejos?
–Momentáneamente. Compré un departamento con lo que cobre de la indemnización más una guita que tenia ahorrada pero estoy terminando de arreglarle algunas cosas, pero bueno, viene lento… las obras siempre vienen lentas. ¿Vos?
–¿Yo? Estoy viviendo con mi vieja… Estuve viviendo en pareja dos veces. Un poco más de un año la última vez y con el anterior un tiempo… no tanto.
–Y cada vez que cortás, volvés a la casita de los viejos, como el tango.
–Si, algo así. Qué se yo. Vivir en pareja parece ser un catalizador para mí… Cada vez que me mudo con alguien, no duro mucho más que un año. Supongo que debo ser jodida… Los otros días me enteré que uno de mis ex novios, no el último ex, sino el anterior, se casó al poco tiempo que cortó conmigo y me dio un poco bronca, qué se yo… –Pablo la miró entre sorprendido y confundido.
–No, no es que todavía me haga la cabeza… Supongo que mi problema es pretender que todos mis ex sigan eternamente enamorados de mí y nunca más miren a nadie. Será de narcisista o de egocéntrica, no me importa. Igual, me cansé de los compromisos.
Sonó el timbre. Alguien abrió y Silvina se excusó para ir a saludar al recién llegado. Pablo se descubrió siguiéndola con la mirada como cuando tenían 15 años. Frunció un poco el ceño y apretó los dientes, mientras en su mano derecha colgaba inerte un chop con un poco de cerveza, al ver a Silvina besarse con el fulano sin siquiera haberle dado tiempo a sacarse la campera. “Hija de puta” –pensó– “Y encima me dice todo eso de que piensa que todos sus ex tienen que seguir atrás de ella, jodida forma de hacérmelo sentir”. Se quedó estático, mirando para lastimarse un poco más. “Ahora en un rato va a venir a presentármelo y voy a tener que poner mi mejor cara de pelotudo” Sin darse cuenta, estaba por volcar la cerveza.
–Che, vas a volcar el vaso de cerveza. Eso es pecado. –Le dijo Diego, que se le paró al lado y miraba hacia la puerta intentando adivinar que era lo que tan fijamente miraba Pablo.
–¿Eh? Uh, si… no me di cuenta –Pablo salió del trance. El beso había terminado y Silvina finalmente le daba tiempo al fulano de sacarse la campera.
–¿La conocés a la flaca? –Pablo se sonrió.
–La mierda que la conozco…–Pablo seguía a Silvina con la vista.
–¿De dónde, che? –Preguntó Diego que debía estar muy aburrido para querer tantos detalles.
–Historia antigua –dijo Pablo para abreviar.
–Está fuerte… ¿Saliste con ella? –Era evidente que sí, pero Diego quería saber todo.
–Aja… pero, en fin…
“Pero, en fin…” era Pablo mirando para otro lado y sirviéndose un triple de jamón y tomate haciendo un esfuerzo por disimular. Llenó otra vez el chop y salió al patio con Diego, encarando para donde estaban hablando Germán y Gustavo. Hacía meses que Gustavo no hacía otra cosa que hablar de “su guarida”, un galpón en Villa Urquiza al que estaba acondicionando para irse a vivir.
–Si todo sale bien, en un par de semanas lo termino de pintar y empiezo a llevar las cosas –decía Gustavo– me está quedando de primera. Conseguí unas lámparas colgantes con unos armazones de hierro que están bárbaras.
–¿De dónde las sacaste? –preguntó Germán.
–En el Tigre, en el puerto de frutos.
–Ah, si… ahí venden todo ese tipo de cosas, así medio rústicas –dijo Diego para engancharse en la conversación.
–Lindo bulo te va a quedar –agregó Germán. Después alguna noche me lo vas a tener que prestar, acordate que te ayudé a pintar.
–¿Para qué lo querés? –le preguntó Diego.
–Bueno, para que te parece… yo soy un hombre, Fernanda es mujer y las parejas que se quieren hacen…–Germán ponía la voz como Marcos Mudstock en “La gallina dijo Eureka”
–Si boludo, eso ya me lo explicó mi viejo a los 10 años salame, pero yo me te preguntaba para que si ya vivís con ella, pueden coger cuando quieran –Diego se hacía el ofendido.
–Para joder, que se yo. Si lo va a dejar tipo telo por lo que cuenta…
–Aja –intervino Gustavo y comenzó a detallar las comodidades– Hidromasaje, luces de colores, música funcional, tele y video con decodificador de cable liberado, aire acondicionado… va a quedar bárbaro.
–¿Ven? Va a ser un telo. Desde estamos que vivimos juntos, no vamos a un telo ni en pedo. –Casi había nostalgia en lo que decía Germán.
–Por eso, ni falta que te hace –agregó categórico Diego.
–Ah, para recordar viejos tiempos –bromeó Gustavo.
–Qué se yo, un poco de romanticismo… –dijo Germán.
–¿Romanticismo en un telo? –se metió Pablo que odiaba los albergues transitorios– ¿Un telo? ¡Dejate de joder! Al telo vas básicamente a coger o de trampa. ¿Qué mierda tiene de romántico un lugar donde en medio del –Pablo hizo un gesto muy claro con las manos– te suena el teléfono para avisarte que se acabó el turno y tenés que vestirte y salir corriendo? Prendés la tele y hay un terrible gato con cara de atorranta hace un pete mirando a la cámara… No jodamos, el romanticismo no está en un telo.
–Bueno, pero a las minas les gusta ir –sentenció Germán– el hidromasaje les debe hacer cosquillas en el clítoris… yo que sé.
–Y yo no estoy diciendo que no les guste ir, yo voy al hecho puntual del romanticismo. Que esta sociedad nos venda que ir a un telo es romántico y que lo compremos. A eso me refiero.
–La santísima trinidad: encuentro en una plaza, cine y cena. No me ha fallado nunca. –Dejó caer categórico Diego.
–Seguro que vos sos de los que todavía regala flores –infirió Gustavo.
–No, no… –siguió Diego– No regalo flores desde 1991. ¿Regalaron flores ustedes alguna vez? Es una tortura. Yo cometí el acto demencial –porque fue demencial– de comprar flores ese 21 de septiembre en Coronel Diaz y Santa Fé. Un ramo gigante. Claro, le hubiera podido regalar un fitito con lo que pagué. ¿Alguna vez llevaron un ramo de flores? No debe haber cosa más incómoda de llevar que un ramo de flores. Te pinchas, no ves por donde caminás, no sabés si llevarlo con las flores para arriba, con las flores para abajo… Todo el mundo te mira en la calle como si llevaras a Bochini en canzoncillos en andas… Para colmo de males, la desgraciada va y me sale con que le regalaba las flores porque me sentía culpable por algo. ¡No loca! Era 21 de septiembre... ¿Qué te iba a regalar, un pullover?
–O un tamagochi –Germán se lo tomó para la joda.
–Un perfume… los perfumes no fallan.
–Hay una lista de regalos posibles, y otra más larga aun de regalos imposibles –dijo Gustavo.
–Me gustó lo de los regalos imposibles –dijo Germán interesado en la idea lo que le dio pié a Gustavo para explayarse.
–Claro… Hay cosas que están prohibidas o contraindicadas como regalos para novias. Debería venir indicado en la caja, como pasa con los juguetes: Para novias de 1 a 3 meses, novias de 3 a 6 meses, de 9 a 12, de 1 año a 3 y de 4 a 6 y de 7 en adelante. A una novia de 3 a 6 meses no le podes regalar los cuentos completos de Poe traducidos por Cortazar. No, no. Está en la etapa de un dvd de alguna película de Hugh Grant. Alguna que pueda ver con amigas que todavía no conocés del todo y que van a jugarte a favor cuando les diga que vos se la regalaste la película que están por ver, cosa que no pasaría con los libros de Poe.
–Tiene razón Gustavo… y eso será así hasta que alguien filme Four Weddings and a Premature Burial –dijo Pablo, aunque nadie entendió la sutileza.
–Hay que estar en todos los detalles. Ir anotando mentalmente cada vez que estás con una mujer: miró tal cosa en tal lado, dijo tal cosa sobre aquello.
–Decime Gustavo… ¿y los regalos que dicen "Baterias no incluidas" para que clase de novias son según tu tablita? –preguntó Diego riéndose.
–4 a 6 en adelante. Aunque a veces falla, depende de uno también.
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